Diálogo con Román Luján
Deshuesadero: una búsqueda a la
condición fragmentaria del hombre
El pasado 16 de agosto se dio a conocer al ganador del Premio Nacional de Poesía Francisco Cervantes Vidal 2006. Óscar de Pablo Hammeken se hizo acreedor al premio con el poemario Debiste haber contado otras historias. Eduardo Milán, Myriam Moscona y María Rivera conformaron el jurado calificador.
Con el afán de realizar una semblanza del premio entrevisté a Román Luján*, autor coahuilense que obtuvo el galardón de la primera emisión del certamen. El autor de Aspa Viento habló sobre su libro más reciente, Deshuesadero, poemario ganador del Premio Nacional de Poesía Joven Francisco Cervantes Vidal 2005. Coral Bracho, David Huerta y Raúl Renán integraron el jurado de la primera convocatoria del premio.
*Román Luján (Monclova, Coahuila, 1975) es autor de los poemarios Instrucciones para hacerse el valiente, con el que obtuvo el Premio Nacional de Poesía Abigael Bohórquez en 1997 (coeditado por el Conaculta y Cecut); y Aspa viento, en coautoría con el pintor Jordi Boldó, publicado en 2003 por el Fonca y el Coneculta de Coahuila. Codirigió con Luis Alberto Arellano la revista literaria Crótalo de 1997 a 1999 y colaboró en la edición de la antología de poesía queretana Esos que no hablan pero están, editada por el Fondo Editorial de Querétaro en 2003. Actualmente estudia la maestría en literatura hispanamericana en la Universidad Estatal de Florida, ubicada en Tallahasaee, Florida, Estados Unidos.
Desde hace unos años vives en el extranjero, ¿de qué forma esta experiencia ha nutrido tu poesía? Durante los últimos dos años y medio he vivido en California y en Florida. Pasé los primeros seis meses en San Francisco, donde corregí Deshuesadero y terminé de escribir mi siguiente poemario. En una lectura de la poeta Lyn Hejinian en Berkeley supe de los language poets, y desde entonces traduzco a algunos. También pasé tardes leyendo en la buhardilla de City Lights, la librería y editorial de los beatniks, e incluso pude hablar algunas veces con el poeta Lawrence Ferlinghetti, su dueño, en el también mítico café Trieste. Después de esa temporada extraordinaria, me mudé a Tallahassee, en el norte de Florida, para estudiar la maestría en literatura hispanoamericana. Aquí la experiencia ha sido diferente, pero también valiosísima. He podido analizar y disfrutar textos y periodos literarios que desconocía, lo que me ha dado un nuevo arsenal expresivo como poeta. Y a falta de la seductora ciudad californiana me consuela la exhuberancia de la naturaleza, el enjambre de cardenales que miro por la ventana, los árboles cubiertos de musgo o de magnolias.
Tienes dos libros publicados, Aspa Viento e Instrucciones para hacerse el valiente. Con este último obtuviste el Premio Nacional de Poesía Abigael Bohórquez 1997. Han pasado cinco años desde tu última publicación, ¿era necesario ese tiempo para llevar a cabo la escritura de Deshuesadero? Como dices, Instrucciones para hacerse el valiente es de 2000, pero Aspa Viento, el libro que hice en colaboración con el pintor Jordi Boldó, es de 2003, así que realmente no ha pasado tanto tiempo. Sin embargo, tu intuición es correcta, ya que un par de poemas que aparecen en Deshuesadero pertenecen a la fase de mi primer libro. No sé cómo juzgar el tiempo que tardé en armar este volumen, pero te puedo decir que lo escribí y rescribí con “paciencia de estrella” como diría Gonzalo Rojas.
¿Qué autores reconoces como tus maestros? Uno es el que acabo de mencionar. Gonzalo Rojas es el gran poeta vivo en lengua española. Siempre tengo cerca su “Obra selecta” a la mano y cada vez que leo algo suyo me dan ganas de escribir. Algo parecido me pasa con José Ángel Valente, otro de mis grandes poetas, aunque a un nivel más premeditado. Últimamente aprendo mucho del poeta inglés Ted Hughes y del norteamericano Michael Palmer, al intentar traducirlos.
El poeta tiene el don de descifrar el mundo a través de su poesía, ¿cuál es tu actitud ante la vida como poeta? En principio, que el poema se convierta en un “libro de la memoria”, donde momentos fugaces vuelvan a pasar ante mí, para lograr finalmente entenderlos, como sugiere Paul Auster en su novela autobiográfica, La invención de la soledad. Sin embargo, lo que más me interesa es encontrar el poema a medida que lo escribo; confiar en la musicalidad de la palabra y, aun de la sílaba, para hallarlo.
¿Cómo nació Deshuesadero? Nació de la escritura de poemas aislados —quizás unos cien— a lo largo de varios años, y su constante discriminación hasta quedarme con los treinta que integran el volumen. En este tiempo experimenté una especie de transición espiritual entre la solemnidad y la ironía que, me parece, quedó atrapada en el libro. Tuvo otros nacimientos, menos evidentes: la lectura del Diccionario Jázaro de Milorad Pavić, de unos cuantos poemas de Abdellatif Laâbi, de ciertos emblemas medievales…
¿Qué exploras en tus poemas?, sobre todo en tu último libro. En Deshuesadero, si algo exploro, es la falta de cronología de la memoria, la condición fragmentaria del hombre.
¿Cuál es tu ritual de trabajo?, me refiero a cómo enfrentas la cuestión metafísica de la página en blanco. No me cohíbe la página en blanco, al contrario: me obsesiona. Me encantaría ser de esos poetas que a la primera escriben un buen poema y siguen con otro, como si sólo fuera cuestión de pasarlos en limpio. Desafortunadamente no me satisface lo que escribo sino hasta la décima versión, por lo menos. No exagero. Al concluir un poema engrapo las versiones sucesivas, dejando la tentativamente terminada al frente. Hace poco alguien me dijo que eso es un defecto y se llama hipercorrección, algo así como una erosión del lenguaje. Lejos de parecerme un problema, me gustó la idea de erosionar el poema hasta encontrarlo; de escribirlo una y otra vez hasta que sea mío.
Cuando vivías en Querétaro desarrollaste un proyecto editorial: la revista Crótalo. El poeta Luis Alberto Arellano, el dramaturgo Luis Enrique Gutiérrez O.M, y el narrador Osvaldo Fernández estuvieron contigo en esa labor ardua de realizar una revista literaria independiente, ¿de qué manera influyó en ustedes la revista? Crótalo fue el mayor punto de coincidencia de una generación de escritores menores de treinta años, surgida alrededor de 1995 en dos talleres literarios: uno en la Universidad Autónoma de Querétaro y otro en el desaparecido centro cultural Alebrije. Durante los dos años que existió la revista, de 1997 a 1999, nos familiarizamos con el proceso de edición, viajamos a algunas ciudades a presentarla, y así entramos en contacto con muchos de los escritores que colaboraron en sus quince números. A los involucrados, Crótalo nos permitió leer con mayor atención textos propios y ajenos, apostar por ciertos autores que no habían sido convenientemente leídos o descubiertos del todo, y situar la creación literaria joven del estado en el contexto nacional.
¿Cómo fue tu experiencia como editor?, hablo del libro de poetas queretanos que concebiste con Luis Alberto Arellano, Esos que no hablan pero están. Fue un proceso muy interesante. Hasta entonces, no se había terminado un trabajo similar, a pesar de diversos intentos frustrados que nos señalaron los poetas incluidos, cuando los entrevistamos. Así que Esos que no hablan pero están, por primera vez, hizo dialogar la producción lírica de autores nacidos en las generaciones de los cuarenta, cincuenta y sesenta en Querétaro. Gracias a este diálogo comienza a establecerse una tradición de poemarios que ameritan ser estudiados y reeditados, como Paterna vía de Arturo Santana. Por otra parte, la antología fue un acto colectivo de rescate. Ante la inexistencia de un acervo de poesía queretana, los propios autores nos facilitaron copias de sus libros, casi todos fuera de circulación. No sería mala idea que el gobierno creara ese acervo en alguna biblioteca pública; seguramente, alguien va a escribir una tesis sobre el tema en el futuro.
En alguna entrevista Cervantes aseguró que cambiaría a la poesía por una carrera como la de ingeniero constructor de carreteras, “es más sensato y mejor”, afirmaba. Además, decía que le gustaría vivir otra vez lo que ha vivido, pero normal. De cierta manera actualmente estás vinculado con la academia, ¿crees que es más sensato tener certezas siendo poeta?, me refiero a la comodidad engañosa que puede causar estar en una universidad. No creo que ninguna profesión ofrezca ese lugar ameno donde nadie te moleste mientras escribes. La escritura siempre es un acto subversivo, ya sea con un empleo burocrático, profesional o académico. Exige su propio espacio y siempre le roba tiempo a otras actividades “necesarias”. Por otra parte, al menos ahora que soy estudiante de literatura, la universidad no me ofrece ninguna comodidad engañosa, sino el reto de asimilar y producir textos críticos a un ritmo extenuante, mientras continuo escribiendo poemas a salto de mata, como me sucedía trabajando de abogado.
¿Qué poetas jóvenes admiras? Me interesan Luis Vicente de Aguinaga, Julián Herbert, Jorge Fernández Granados, Luis Armenta Malpica, José Eugenio Sánchez, Mario Bojórquez, Luis Alberto Arellano. De otros lares, me gusta la poesía de la cubana Damaris Calderón, el argentino Fabián Casas, el peruano Lorenzo Helguero, el chileno Marcelo Pellegrini, el costarricense Luis Chaves, la española Miriam Reyes. Y le paro aquí porque ya parece antología.
¿Es difícil para un escritor de provincia abrirse paso en el país? Sólo si se considera un escritor provinciano, con lo cual sería justo que no se abriera paso ni en su colonia. Por lo demás, creo que la actividad cultural de la ciudad de México sólo es apabullante en términos numéricos. Hay que ver la intensa y, quizás, más original actividad literaria de Guadalajara, Monterrey o Tijuana para saber que ahora los márgenes son nuevos centros.
En Crótalo se pueden leer algunos cuentos tuyos, ¿tienes algún futuro proyecto de narrativa? No por ahora, aunque no lo descarto. Sin embargo, lo que ahora me ilusiona es encontrar mi voz en el ensayo, combinando el rigor demostrativo de la academia norteamericana con el análisis filológico y buena prosa de la tradición crítica hispanoamericana.
Cervantes sostenía que cada lengua da forma diferente al mundo, pero también a quien la habla. Decía que la galleguidad había modificado su carácter, su forma de pensar y de escribir. ¿Ocurre lo mismo contigo con el inglés? Aún no sé si ha modificado mi carácter, pero ha cambiado mi forma de escribir, porque lo que escribo se nutre de palabras dichas y leídas. Veremos.
¿Qué sigue después de este libro? Más poemarios. Uno terminado y otros dos en proceso. Además, varios proyectos de traducción.
¿Tienes planes de regresar a Querétaro? No para vivir, al menos por unos años. De cualquier forma, seguiré yendo a Querétaro con frecuencia para estar con mi familia y ver a mis amigos.
¿Cuál es el futuro de Román Luján y su poesía? Seguir leyendo y escribiendo sobre lo que me interesa: el acto poético y sus contextos durante el doctorado. Del futuro de mi poesía sólo anticipo constancia y voluntad para no dejar proyectos inconclusos. Y serme fiel.
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